23 de setiembre de 1905
La mañana en que me dirigí a la residencia Lowell, la niebla era espesa y blanquecina. El mar estaba sereno al pie de los altos acantilados rocosos. Arribé a la antigua mansión próxima al cielo, donde el joven viudo vivía con sus dos adolescentes hijos.
Las personas cuentan que esa antigua casa está allí desde siempre, sobre la colina solitaria que mira hacia la costa.Y dicen también, que un fantasma lujurioso e irrefrenable se apodera de las almas de las muchachas que ingresen en ella.
Que la mansión Lowell tiene una maldición, no es un secreto. Basta mirarla un poco. Sus altos y fríos muros desnudos al viento y a la lluvia. Los vitrales de sorprendentes y exóticos dibujos con figuras irreconocibles. La desolación y la soledad la rodean por todas partes.
Sin embargo, la primera impresión que me causó Sir Lowell fue la de un hombre muy apuesto, sumamente atractivo, aunque demasiado reservado y silencioso. Tenía aspecto de ser rico y formal.
Ese mismo día asumí como gobernanta. Me pareció que algo más de su confianza apostaba en mi persona para esa labor.
En aquel primer encuentro se suscitaron cosas sorprendentes. Mientras Sir Lowell leía la carta de presentación que yo le entregué, un intenso calor subía desde mis muslos y ascendía rápidamente hasta el vientre, erizándome todos los pelos del pubis.
No pude controlar que mis pezones se hincharan y endurecieran bajo mi vestido. Temía que se diera cuenta, que sintiera el olor a hembra empujando desde abajo del vestido. Por fin, cuando terminó de leer me instó a recorrer la casa y me presentó ante los hijos, que eran dos vivaces adolescentes de quince y dieciséis años. Hizo hincapié en que de vez en cuando les hablara en francés para que no olvidaran su lengua materna. También me informó de la muerte de su esposa durante la última epidemia.
Los trabajos en la casa eran livianos, y los empleados respondieron sin resistirse a mis indicaciones.
Felizmente el día transcurrió sin mayores sobresaltos. Aquellos calores arrebatadores no se repitieron. No me cuesta demasiado acostumbrarme a ellos. Ya alguna vez me han asaltado aunque nunca tan violentamente.
25 de setiembre
Estando sola tras el almuerzo, me sentí sorprendida por la mirada intensa de Sir Lowell, que se hallaba recorriendo furtivamente mi espalda. Siempre distingo el calor de la mirada de un hombre sobre mi cuerpo. Cuando me volví retiró la vista, y al pasar junto a él lo hice mirando el suelo. Tuve la extraña y placentera sensación de estar desfilando desnuda ante él y que me observaba con fuertes deseos.
Esta misma noche ingresé al dormitorio de sus hijos porque sentía movimientos, y no deseaba que el padre se despertara. Cuando entré allí cesaron de golpe y ambos simularon estar durmiendo. Me marché, y al atravesar el pasillo sentí que la puerta de Sir Lowell se abría delicadamente y supuse que me estaría observando. A diario siento que estudia mis movimientos.
Al regresar a mi habitación dejé la puerta levemente entornada, y tras encender una vela me desnudé. Mi imaginación se disparó con la idea de que él pudiera estar espiando. Me arrebató el deseo. Me puse en cuatro patas sobre la cama con mi culo en dirección a la puerta entreabierta.
Abrí mis cachetes y dejé bien al descubierto mis orificios ardientes. Apoyé mi rostro en la almohada y quedé así, abierta y esperando su penetración.
En el pasillo reinaba el silencio y la oscuridad. Luego me masturbé, manoseando mi clítoris excitado.
27 de septiembre
Transcurrieron varios días tranquilos, sin mayores vacilaciones emocionales. Hasta hoy.
Los sirvientes se retiraron a sus aposentos luego del almuerzo. La terraza, el jardín, los pasillos, todo lo que se encontraba al alcance de mi vista estaba completamente desierto. Los jóvenes habían sido enviados a dormir la siesta.
Entré a la cocina creyendo que nadie aparecería por allí. Decidí hacerme un té bien caliente cuando sentí su mirada a través de la puerta entreabierta. Simulé no haberme dado cuenta. Me apoyé en la mesa dándole la espalda. Levanté mi culo tan alto como pude para que lo deseara bien. Luego me solté el cabello, que se hallaba tomado en mi nuca, y cayó sobre mis hombros. Sentí que la puerta se abría imperceptiblemente.
Tuve intentos deseos de que me poseyera. Me recosté sobre el piso, levanté mi vestido hasta la cintura, y dejé mis piernas abiertas. Luego cerré los ojos aguardando.
Me asaltó como una tormenta sorpresiva. Su boca se hundió entre mis piernas, su lengua hurgueteó mi abertura, luego su grueso miembro se introdujo con un solo movimiento de su cuerpo. Desgarró mi vestido para desnudar mis tetas y morder mis pezones con firmeza. Chupaba con intensidad.
Un calor intenso colmó mi vagina cuando sentí sus gemidos en la proximidad de mi oreja, y comprendí que me estaba inundando con su líquido. Cuando acabamos guardó su miembro, se enderezó las ropas, y sin decir palabra se fue, recuperando su aire compuesto.
Quedé desnuda en el piso sin reponerme de su intensa penetración, y de su semen que dejó un visible charco en el piso.
28 de septiembre
Todo transcurre sin preocupación. Parece haberse olvidado de todo lo sucedido.
Esta noche salí desnuda al pasillo tras cerciorarme que todos dormían. Al pasar por su dormitorio hallé la puerta entornada. Dormía plácidamente en su lecho. Entré, sí, me atreví a entrar porque me asaltaban unos deseos intensos de gozar y hacerlo gozar. Me acosté con él y comencé a acariciar su miembro que se fue tensando como un arco. Luego lo introduje en mi boca ardiente, rozando su cabeza con mi lengua. Sentí que despertaba y respiraba con agitación. Al cabo de unos minutos mi boca se inundó de un líquido cálido y ligeramente dulce. Y no se detenía.
Caía por mis labios y mis mejillas y me bañaba los senos.
Cuando culminó me subí encima y me sacudí por un rato largo hasta que mis orgasmos se precipitaron. Me marché en silencio. Ya me estaba acostumbrando a esta relación que no necesitaba de las palabras.
1 de Octubre
Me visitó tarde por la noche.Entró sin llamar, su mirada desprendía fuego. Yo me desvestí rápidamente y me ofrecí como lo haría una perra.
Arremetió con pasión entre mis nalgas. Me poseyó como lo haría un potro salvaje, haciendo arder mi esfínter, pegando en el interior de mi culo. Inundándome como la primera vez en la cocina. Su penetración me dejó ligeras secuelas hasta el día siguiente.pero no me arrepiento de ello. Lo repetiría todas las veces que él quisiera hacerlo.
2 de octubre
Hoy viaja a Londres por una semana para cerrar unos negocios de importación de telas de Oriente. Estoy más apaciguada. No sé cuánto durará.
En la casa los únicos sirvientes son dos mujeres y un hombre anciano. Se van a dormir muy temprano.
3 de octubre
En medio de la noche me asaltan intensos ardores y fantasías inenarrables. Para apaciguarme un poco me introduzco los dedos, froto frenéticamente, escarbo los dos orificios de mi cuerpo. Pero mis deseos son muy intensos y no se calman con eso.
Desde el dormitorio de los jóvenes llegan ruidos, seguramente están despiertos y simularán dormir cuando yo entre. En este momento se apodera de mí una fantasía incestuosa.
Sin vestirme voy hacia allá. Ellos ni se imaginan que los aguarda una noche inolvidable.